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Quiero darte placer.
Y yo te dije: Tu placer es mi placer.
Mi dulce eres.
Hoy me muero de deseo.
Sin embargo, hoy te espero.
Seré tuya.
Tarde de maquillaje, de braguita, medias, vestido, zapatos de tacón, peluca.
Estaba excitada al sentir sobre su piel las prendas suaves.
Al pasar ante el espejo, se vio de refilón, dio marcha atrás y se miró de nuevo y sintió pena por aquel ser que le devolvía la mirada. Su tiempo había pasado, entre miedos, convenciones sociales, rechazos, dudas...
Su amiga era también mayor, con arrugas en la piel, pero seguro que luciría espléndida, porque no hay mujeres feas.
Sabía que no iba a estar a gusto, porque recordaría a la persona del espejo, patético remedo de lo que deseaba ser.
La tarde de charla y amor, sería un fracaso. Su vida era un fracaso.
Cogió el teléfono y la llamó: Lo lamento querida, pero me encuetro fatal.
Quiero ser tuya.
Sí, cielo, pero después quiero sentirte dentro de mí.
Nos vestimos con nuestras falditas de colegialas y estuvimos hablando de nuestras cosas.
No quería que acabara aquello, sabía que en cuanto te tocara, en cuanto me tocaras, no podría detenerme.